BIOGRAFÍA
Nacido en Monterrey, México, desde los tres años de edad comencé a cantar. Tengo un libro que me regaló una de mis tías, profesora de piano, por mi cuarto cumpleaños, cuya dedicatoria dice: “para Guillermito el cantador”, y es que escuchando la radio me aprendía las canciones y las cantaba con buena entonación.

Entre los recuerdos más gratos de mi infancia hay uno que me impactó fuertemente. Llegó a mi ciudad un grupo de artistas destacados de la capital, y hubo una reunión en mi casa. Allí tocó el piano Don Manuel M. Ponce, el extraordinario compositor, y estuvo también la gran cantante de ópera Fanny Anitúa, cuya voz me emocionó hasta las lágrimas durante una función en el Aula Magna de la Universidad de Nuevo León. Tenía yo entonces once años.

Estudié la Primaria y Secundaria en el Colegio Franco Mexicano. Teníamos clase de canto una vez por semana; nuestro profesor era Armando Villarreal, el autor de “Morenita mía”; su hijo fue uno de mis compañeros de clase. Cada año el colegio montaba un festival con números de canto, de baile y de comedia en distintos teatros, y me tocó participar en varios de ellos cantando solo o como integrante del coro.

Cursé la Preparatoria y mi carrera profesional en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey. En esos años, gracias a la SAT (Sociedad Artística del Tecnológico), pude disfrutar de los conciertos y actuaciones de los más grandes artistas de esa época, tales como Jasha Heifetz, Artur Rubinstein, Pablo Casals y muchos más, así como de compañias de ballet y orquestas sinfónicas de primer orden. Todo esto alimentaba mi amor por la buena música, que complementaba mi afición a la música popular.

A los dieciséis años, animado por mis amigos de siempre, Guillermo y Javier Iglesias, empecé a tomar clases de guitarra con el Maestro José Vázquez, y pronto – junto con ellos – tomé parte en serenatas que llevábamos a muchachas que nos interesaban o a las que otros amigos querían enamorar. Una vez, al final de la serenata, y sin haber visto indicios de que la chica moviera la cortina de su ventana para darse por enterada, llegó un automóvil y para sorpresa nuestra y de nuestro amigo, la dejó en su casa otro pretendiente. ¡Menudo disgusto el del novio frustrado!

Nos gustaba ensayar antes de cada serenata en un parque cercano. A veces nos acompañaban otros amigos a los que les resultaba agradable escucharnos; esas noches de Monterrey bajo las estrellas y empapados de música para mí son inolvidables.

Tuve otras influencias musicales en mi juventud. Cada año llegaba a Monterrey la compañía de zarzuelas de Pepita Embil, y la Opera de Monterrey presentaba en sus temporadas anuales las obras más famosas de ese género con cantantes de talla internacional como Giuseppe di Stefano, Giulietta Simionato, Renata Tebaldi, Mario del Monaco y muchos otros. Tuve la fortuna de disfrutar de esas oportunidades, que eran un regalo a los sentidos.

Fue en esos años que compuse mi primera canción, “Gotita de agua”, y a partir de ella , inspirado en la música yucateca derivada de la música romántica de Cuba, fueron surgiendo otras más.

Dedicado a mi profesión de contador público y posteriormente a negocios hoteleros, no he dejado nunca de cultivar la composición sin tener para ello una preparación formal. Mis composiciones suman aproximadamente 100 canciones de cortes muy diversos: valses, valses peruanos, bambucos, boleros, baladas, rumbas flamencas, canciones rancheras, tangos, bossa nova. Soy el autor de la música de todas ellas, así como de la letra. Mis temas tienen que ver con el amor, la amistad, la familia, la esperanza…O sea, con lo que compartimos los seres humanos.

Antes de que existieran las grabadoras de minicasettes, perdí muchos temas que de pronto me venían a la mente; después adquirí la costumbre de tener a la mano una pequeña grabadora para guardar en ella las melodías o las letras que en medio del bullicio de la ciudad – incluso en medio del tráfico o durante un viaje en avión – llegaban de improviso.

Mi actividad como compositor me ha dado muchas satisfacciones. He podido transmitir a través de mis canciones mis sentimientos más íntimos a mis seres queridos y a otras personas que, sin conocerme, me han expresado su gusto por mi música. Pienso continuar componiendo canciones mientras Dios lo permita.