BIOGRAFÍA
Nacido en Monterrey, México, desde los tres años de edad comencé a cantar. Tengo un libro que me regaló una de mis tías, profesora de piano, por mi cuarto cumpleaños, cuya dedicatoria dice: “para Guillermito el cantador”, y es que escuchando la radio me aprendía las canciones y las cantaba con buena entonación.

Mi mamá tenía una voz hermosa, y me pedía que cantara cada vez que se presentaba la ocasión en alguna reunión familiar o con sus amistades. En una ocasión, estando en la Ciudad de México, ella me llevó a la ceremonia de inauguración del Teatro Alameda; mis padres eran amigos de Don Emilio Azcárraga, dueño del teatro y de la XEW, y con el tiempo fundador de Televisa. No sé como fue que me encontré en el escenario y ante un micrófono, y alguien me pidió que cantara, y me cuentan que canté “El Quelite” con voz muy fuerte. El maestro de ceremonias me preguntó porqué, y le dije que era para que mi papá me oyera en Monterrey…

Entre los recuerdos más gratos de mi infancia hay uno que me impactó fuertemente. Sin saber cabalmente el motivo, llegó a mi ciudad un grupo de artistas destacados de la capital, y hubo una reunión en mi casa. Allí tocó el piano Don Manuel M. Ponce, el extraordinario compositor, y estuvo también la gran cantante de ópera Fanny Anitúa, cuya voz me emocionó hasta las lágrimas durante una función en el Aula Magna de la Universidad de Nuevo León. Tenía yo entonces once años.

Estudié la Primaria y Secundaria en el Colegio Franco Mexicano. Teníamos clase de canto una vez por semana; nuestro profesor era Armando Villarreal, el autor de “Morenita mía”; su hijo fue uno de mis compañeros de clase. Cada año el colegio montaba un festival con números de canto, de baile y de comedia en distintos teatros, y me tocó participar en varios de ellos cantando solo o como integrante del coro.

Después de regresar de dos años de estudios en la Western Military Academy en Alton, Illinois, cuyo fin principal fue el aprender inglés, cursé la Preparatoria y mi carrera profesional en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey. En esos años, gracias a la SAT (Sociedad Artística del Tecnológico), pude disfrutar de los conciertos y actuaciones de los más grandes artistas de esa época, tales como Jasha Heifetz, Artur Rubinstein, Pablo Casals y muchos más, así como de compañias de ballet y orquestas sinfónicas de primer orden. Todo esto alimentaba mi amor por la buena música, que complementaba mi afición a la música popular.

A los dieciséis años, animado por mis amigos de siempre, Guillermo y Javier Iglesias, empecé a tomar clases de guitarra con el Maestro José Vázquez, y pronto – junto con ellos – tomé parte en serenatas que llevábamos a muchachas que nos interesaban o a las que otros amigos querían enamorar. Una vez, al final de la serenata, y sin haber visto indicios de que la chica moviera la cortina de su ventana para darse por enterada, llegó un automóvil y para sorpresa nuestra y de nuestro amigo, la dejó en su casa otro pretendiente. ¡Menudo disgusto el del novio frustrado!

Nos gustaba ensayar antes de cada serenata en un parque cercano. A veces nos acompañaban otros amigos a los que les resultaba agradable escucharnos; esas noches de Monterrey bajo las estrellas y empapados de música para mí son inolvidables.

Tuve otras influencias musicales en mi juventud. Cada año llegaba a Monterrey la compañía de zarzuelas de Pepita Embil, y la Opera de Monterrey presentaba en sus temporadas anuales las obras más famosas de ese género con cantantes de talla internacional como Giuseppe di Stefano, Giulietta Simionato, Renata Tebaldi, Mario del Monaco y muchos otros. Tuve la fortuna de disfrutar de esas oportunidades, que eran un regalo a los sentidos.

Mi gran amigo Javier (Franco) Iglesias, por cierto, eligió el canto como profesión. Estudió en Italia y realizó una brillante carrera como barítono actuando en los más importantes teatros de ópera en México, Europa, el Medio Oriente y los Estados Unidos. Actualmente es un excelente y reconocido maestro de canto en Monterrey.

Fue en esos años que compuse mi primera canción, “Gotita de agua”, y a partir de ella , inspirado en la música yucateca derivada de la música romántica de Cuba, fueron surgiendo otras más. Había llegado a Monterrey un profesor de guitarra de Mérida, y puso de moda las canciones de compositores como Guty Cárdenas, Ricardo Palmerín y Pepe Domínguez.

Dedicado a mi profesión de contador público y posteriormente a negocios hoteleros, no he dejado nunca de cultivar la composición sin tener para ello una preparación formal, por lo que mis canciones son simplemente producto de mi inspiración. Mis composiciones suman aproximadamente 100 canciones de cortes muy diversos: valses, valses peruanos, bambucos, boleros, baladas, rumbas flamencas, canciones rancheras, tangos, bossa nova. Soy el autor de la música de todas ellas, así como de la letra (con dos excepciones hasta la fecha en el caso de la letra). Mis temas tienen que ver con el amor, la amistad, la familia, la esperanza…O sea, con todo lo que compartimos los seres humanos.

Antes de que existieran las grabadoras de minicasettes, perdí muchos temas que de pronto me venían a la mente; después adquirí la costumbre de tener a la mano una pequeña grabadora para guardar en ella las melodías o las letras que en medio del bullicio de la ciudad – incluso en medio del tráfico o durante un viaje en avión – llegaban de improviso.

Mi actividad como compositor me ha dado muchas satisfacciones. He podido transmitir a través de mis canciones mis sentimientos más íntimos a mis seres queridos y a otras personas que, sin conocerme, me han expresado su gusto por mi música. Pienso continuar componiendo canciones mientras Dios lo permita.

Soy miembro activo de ASCAP (American Society of Composers, Authors & Publishers) y de la SACM (Sociedad de Autores y Compositores de México), y mis canciones cuentan con el copyright de la Library of Congress y el registro en el Instituto del Derecho de Autor de la Secretaría de Educación Pública de México.